Más expectante que sorprendida vengo siguiendo —como muchos— la polémica que han despertado las palabras de Pablo Milanés. No es la primera vez que expresa en público (fundamentalmente fuera de Cuba) opiniones similares acerca de la realidad cubana de hoy; algunas (considero), desde el frágil lindero entre la osadía y el desprendimiento. Me cuesta pensar siquiera con un mínimo de vulgaridad sobre Pablo, sería un desmentido a la decencia que también aprendí con sus crónicas de una Patria y de las historias de amor y desamor vividas desde su poesía.
Sin embargo, algo se quebró esta vez, al punto de que estamos inmersos en este debate. Pablo ofendió el imaginario que él mismo creara y algunas cosas sagradas para la inmensa mayoría de los de aquí y muchísimos de todas partes: sus referencias a Fidel (¿qué edad tiene el Pablo que hemos venerado?), su sentimiento de hombre discriminado (¿qué color tiene el Pablo que hemos amado?), su distanciamiento de las batallas de hoy (las que hay que librar para seguir creciendo como pueblo y como nación).
Pablo hace referencia a las llamadas Damas de Blanco, y suscribo con él que cada quien tiene derecho a convicciones propias, a que la violencia es inadmisible. Pero un día, como parte de mi vida periodística vi con mis ojos a las citadas “Señoras” recibiendo el pago de la marcha del día, escuché de mis colegas extranjeros la orientación de sus centrales de informar solo si hubiera un muerto… y observé a funcionarios de la Oficina de Intereses de EE.UU. esperando el desenlace de la jornada… Y me pregunto por el destino de las convicciones enarboladas… Otras interrogaciones sobran, por obvias.
Pablo y yo tenemos una vida juntos. Fui una entre miles en sus conciertos de la escalinata universitaria, otra desandando La Habana tarareando “sábado al fin…”. Otra u otro más tomando las calles y defendiendo nuestros rincones con sus canciones y su gesto. Yo he estado aquí todo el tiempo, no me fui a ninguna parte, no gané más que el magro honorable de cada mes, denuncié y denuncio en mis espacios y entre los míos. Soy una más entre los millones del pueblo que él refiere. Por eso hablo, escucho y razono. Y creo que sí, que sus palabras debían ser difundidas y debatidas entre nosotros, con todos los antecedentes y todas las huellas. Ellas solas ganarán el respeto que merecen… si así fuera.
Sobre la prensa que algunos gustan denigrar, la nuestra, tan sujeta a avatares y a dignidades, me gustaría apuntar que la quiero mejor, que sigo luchando para que se parezca, más que a la palabra odiosa, al tiempo que soñamos. Flaco favor se hace quien cuenta sus miserias a la muerte, a la no vida o al dinero.
Te cuento Pablo que tú y yo estamos juntos en la misma tierra donde nacimos y pugnan por quedarse nuestros huesos. Caramba, que lo diga ese Salustiano Leyva que conoció a Martí, allá cuando él subía las lomas de la independencia: “Uno ni siquiera sabe el río, que lo bronquea ahí alante, haciendo honduras. Es cosa de luego, dentro de la cabeza. Uno lo sabe río después, al mirarle, lejos, las orillas”.
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