Ella misma así lo definiría: “Cuando el 10 de marzo, en lo personal, podría decir que yo tenía muy poca preparación política, estaba muy poco consciente de la situación del país, entonces yo veía la corrupción con mucho escepticismo, un poco con la idea de que yo no podía hacer nada contra el estado de cosas, incluso me tocaba votar ese año. Yo no quería sacar la cédula, porque pensaba: ¿Qué voy a hacer? Votar por uno o por otro da lo mismo. En realidad tenía una posición muy escéptica, muy poco clara de que pudiéramos hacer algo, salvo alguna contribución mía al desarrollo tecnológico del país, derivada de mi carrera”.
Pero la entonces estudiante de Ingeniería Química no se sentiría a esperar que otros buscaran remedios a los males del país, los cuales su sensibilidad humana le mostraba y apenaba, pese a su holgada posición económica y social.
Una vez llegó a decir que tenía que agradecerle a Batista que aquel fatídico 10 de marzo fue para ella una situación explosiva y adquirió “una decisión total de acabar con eso que estaba pasando”.
Y el llamado a la lucha contra la naciente dictadura no tuvo que esperar por su acción, junto a otros jóvenes estudiantes. Su amiga y compañera de luchas, Asela de los Santos, afirmaría: “Vilma se destacaba como líder y generadora de iniciativas. Se le ocurrió utilizar unos versos de Heredia e imprimir volantes para distribuirlos en los barrios alrededor de la Universidad, para que la población leyera el clamor por la libertad desde la belleza de la poesía”
He aquí los versos: Que si un pueblo su dura cadena/ no se atreve a romper con sus manos/ bien le es fácil mudar de tiranos/ pero nunca ser libre podrá. Y al final, una consigna: Abajo Batista.
Poco a poco, las ideas se iban transformando en acciones. De la propia Vilma, un recuerdo: “En definitiva, las primeras luchas fueron de ese tipo; tirar panfletos a escondidas con la ayuda de los bedeles. Después comenzaron las primeras manifestaciones de la calle. Creo que la primera fue cuando mataron a Rubén Batista en La Habana, que se hizo un entierro simbólico en Santiago, que fue una verdadera batalla. La idea fue llevar flores al cementerio y en definitiva se terminó metidos dentro de los cafés, tirando azucareras a la policía. Ya se había hecho también aquel acto nuestro, después del 10de marzo, de la jura de la Constitución contra los Estatutos de Batista; mucho tiempo después me enteré de que Raúl había participado también en ese acto en la Universidad de Oriente”.
Durante el resto del año 1952 y mitad inicial de 1953, la rebeldía se nutría en Vilma y otros jóvenes santiagueros. Se buscaban nuevas vías de lucha y se ensanchaban las proyecciones revolucionarias. Hasta la gloriosa Mañana de la Santa Ana, 26 de julio de 1953, cuando un grupo de jóvenes, encabezados por Fidel Castro, vinieron a Santiago de Cuba, dispuestos a ofrendar su sangre y su vida para que José Martí no muriera en el año de su centenario, para que siguiera viviendo en el alma de la patria.
(Tomado de Sierra Maestra)
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