El relevo de la generación histórica tiene el compromiso de luchar sin descanso para salvaguardar la gloria que se ha vivido. Foto: Irene Pérez
Cuba acaba de elegir su nueva dirección del Estado de acuerdo con lo estipulado en su Constitución, siguiendo el modelo democrático-popular de ancha base que la caracteriza y la voluntad del pueblo expresada en las urnas, todo en medio de un orden y una tranquilidad ciudadana envidiables.
El llamado cambio generacional en la jefatura del Gobierno en su máximo nivel ocurre en un momento internacional de gran complejidad por la agresividad redoblada de un imperialismo que intenta detener a cualquier precio el surgimiento de otros poderes emergentes y el paso a un mundo multipolar, donde las agresiones injustificadas y los cambios de regímenes incómodos por la fuerza ha pasado a ser modus operandi generalizado.
Este relevo de la generación histórica de los cubanos por otra forjada al calor de la lucha diaria durante las últimas décadas, no podía esperar por una coyuntura internacional más favorable, por ser un imperativo biológico, histórico y dialéctico consustancial al desarrollo de la Revolución cubana.
En cambio, quienes ahora empuñan las riendas del poder estatal tienen la ventaja de asumirlo en un contexto interno totalmente estable y consolidado y con el rumbo político y económico a seguir consensuado y aprobado por las más altas esferas del Partido y el Estado, siguiendo la voluntad del pueblo, con cuyos exponentes más lúcidos se consultó cada propuesta e iniciativa desde la base.
Lo que hoy llamamos el nuevo modelo económico y social del Partido y de la Revolución, plasmado en sus más de 300 lineamientos políticos, económicos y sociales, debe verse como la continuidad del histórico Programa del Moncada que guió a los combatientes de la Generación del Centenario en la lucha por la definitiva independencia de la patria.
Estos lineamientos constituyen una especie de brújula para mantener el rumbo y, a la vez, como medidor fiable de los avances que se deben producir en cada uno de los aspectos del desarrollo político-ideológico y socioeconómico del país, que se esfuerza por construir un socialismo sustentable con características propias.
Hasta el día de hoy Cuba muestra realidades envidiables en el desarrollo educacional, sanitario, cultural, científico, deportivo, de rescate del patrimonio, de protección ambiental y de ejercicio de la soberanía, que igualan y superan en algunos indicadores los índices de los países desarrollados más avanzados en estos acápites, muy por encima de Estados Unidos, la potencia más poderosa y a la vez más agresiva del planeta.
Precisamente el tema de las relaciones con Estados Unidos deviene por su propio peso uno de los retos mayores para la flamante dirección cubana, por cuanto, a diferencia de la administración norteamericana anterior, que reconoció la derrota de más de medio siglo de agresiones contra la isla y privilegió la diplomacia, la actual parte de un discurso hostil y de medidas agresivas que retrotraen la situación a los peores tiempos del diferendo bilateral entre las dos naciones.
Entre las medidas encaminadas a torpedear el proceso de acercamiento iniciado en diciembre del 2014 entre Washington y La Habana se inscriben las adoptadas en el terreno migratorio que limitan los contactos entre ciudadanos e instituciones de los dos países e interponen todo tipo de obstáculos para impedir que los estadounidenses puedan viajar a Cuba.
Al mismo tiempo, la intensificación del bloqueo con iniciativas prohibitivas y discriminatorias con el propósito de dañar aún más la economía cubana es un punto de fricción permanente que impide el libre desarrollo de Cuba y hace sufrir a sus ciudadanos afectaciones y penurias, lo que, en términos monetarios, se sitúa entre 2 500 y 3 000 millones de dólares de pérdidas anuales como resultado de esa guerra económica.
De acuerdo con sucesivas resoluciones de la Organización de Naciones Unidas en sus discusiones anuales sobre el tema, el bloqueo constituye un elemento de política externa de los Estados Unidos violatorio del derecho y de las convenciones que rigen las relaciones entre países y clasifica como un crimen de lesa humanidad, definido de genocidio. Por tanto, la lucha contra ese engendro extraterritorial deviene para Cuba cuestión de seguridad nacional que requiere máxima atención.
La complejidad de la actual coyuntura se hace mayor por cuanto en América Latina ha habido un retroceso de los gobiernos de izquierda, algunos apartados del poder en las urnas, pero los más, por medio de golpes de estado parlamentarios o mediante arbitrariedades judiciales con el pretexto de la lucha contra la corrupción, como ocurre en Brasil con Lula. También obra en primer plano la guerra declarada contra Venezuela, cuyo gobierno Washington y sus secuaces se proponen derrocar por cualquier vía.
Bajo este prisma, es muy alto el reto que le toca enfrentar a la nueva dirección del país. Sin ser perfecta, la obra de la Revolución es el sueño hecho realidad de todo un pueblo. Acerca de esa obra, la de todos, expresó Fidel en su momento: “Hemos hecho una revolución más grande que nosotros mismos”. Para la nueva dirección ello significa el compromiso ineludible e irrenunciable de luchar sin descanso para salvaguardar la gloria que se ha vivido.
(Tomado de Escammbray)
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