El resultado es un disco oscuro lunar rodeado por un aro brillante de luz solar, como un anillo ardiente suspendido en el cielo, un paisaje sacado del universo de Tolkien y El señor de los anillos.
Lo que hace que este evento sea tan especial son las proporciones. En un eclipse solar total, la Luna tapa por completo al Sol y el día se oscurece como si fuera noche. En un eclipse anular, en cambio, la Luna parece más pequeña porque está más lejos en su órbita. Cuando se sitúa delante del Sol, no logra ocultarlo por completo, de modo que el borde del Sol sigue siendo visible alrededor del disco lunar. Esa corona luminosa es precisamente el “anillo de fuego”, una visión menos oscura que una totalidad, pero igual de hipnótica.
(Tomado de La Razón)
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